Tenía siete años de edad, y mi hermano y yo estábamos en casa esperando que mis padres llegaran del trabajo. Al poco tiempo, mi padre llama y nos avisa que ya estaba cerquita y que sólo pasaría en una tienda antes de ir a casa.
Inmediatamente pedí: _”Papá, ¿nos dejas que vayamos a encontrarte?”
_ “No, hija! ¡Papá ya está llegando! “respondió mi padre.
Yo insistí: _”Por favor, déjanos?!”
Él nuevamente se negó – “No es necesario, hija mía, ya estoy llegando”.
Pero yo, ansiosa y desobediente, le pedí por tercera vez: - “Papá, déjanos… llegamos rapidito allí!”
Vencido por el cansancio, mi padre accedió: _“OK, ven con tu hermano y me encuentro con ustedes aquí”.
Iiiiuuuppiiiii!!!!
Me sentí muy feliz y salí corriendo con mi hermano (que en aquella época tenía 11 años). Salimos de casa y fuimos a encontrarnos con mi padre.
Llegando a la calle principal (con bastante tránsito), en seguida vi a mi papá al otro lado de la calle. Decidimos cruzar allí mismo (no quise ir hasta el semáforo).
Miré rapidito a los dos lados y corrí en dirección a mi padre, toda feliz!
De repente, BUMMMM!... Fui atropellada por un automóvil!!!
Fui lanzada a metros de distancia! Como una muñeca de trapo, di vueltas en el aire y caí lejos de donde estaba.
Fui rápidamente llevada al hospital. Dentro del auto, sin entender muy bien lo que había pasado, coloqué mi mano en el rostro y estaba lleno de sangre. ¡Me desesperé!
Lloré mucho!!! ¡Cómo me arrepentí de haber sido tan ansiosa y desobediente! Pero a aquella altura, ya era demasiado tarde.
Estuve algunos días en el hospital y volví a casa, pero hasta hoy cargo conmigo una cicatriz. L
Con mi triste historia, quiero mostrarles cómo siendo ansiosos y desobedientes, tarde o temprano, sufren las consecuencias. Tal vez, Dios esté hablando de la misma forma que mi padre insistió conmigo.
Él está diciendo “¡No hagas eso, hija mía, espera!”, y tal vez tú, estés actuando como yo.
Cuidado amigas. No esperen llegar a tener una “cicatriz” en sus vidas para arrepentirte después!
Besos y hasta la próxima.
Escrito por Raquel Overney, esposa de pastor en Inglaterra